Últimamente me doy cuenta de que existe una presión que nace de lo que no hago. De los ratos que desconecto y de esa ansiedad por sentirme mal incluso cuando disfruto.
Cuando paro un rato, no lo siento como descanso, sino como si fuera por detrás de algo.
La sensación de no estar haciendo ‘lo suficiente’
Vivo con esa sensación de que tienes que ponerte a hacer algo. A veces ni siquiera sabes el qué, pero sabes que no puedes quedarte quieto porque, en algún lugar, existe alguien con tus mismas oportunidades avanzando mientras tú no.
Estás tranquilamente después de venir de trabajar o de clase, en el sofá, descansando media hora con el móvil, y aparece esa voz: «oye, ¿de verdad crees que te lo mereces? Ponte a hacer lo que toca».
Claro que siempre se puede hacer más, claro que podría pasarme ocho horas trabajando, luego llegar a casa y ponerme a crear el próximo gran proyecto, uno de esos que, en teoría, no dejan espacio para el descanso.
Ser productivo como estado por defecto
En muchos momentos del día siento que hay un estado mental constante: este día tiene que ser útil. Si no, parece que no ha valido de nada.
Tengo que ir al gimnasio, hacer todos los deberes de clase, ayudar en casa, ser el hijo perfecto, trabajar. Y los fines de semana también deberías tener ganas de todo. ¿Cómo vas a descansar si tienes veintipocos años?
No hay tiempo para parar la cabeza ni un segundo. Y tampoco parece que tengas derecho a quejarte: tu vida es más fácil a tu edad. O al menos eso dicen.
Descansar, pero con una justificación preparada
Para sentir que te has ganado ese descanso no basta con haber cumplido. Parece que siempre hace falta haber hecho un poco más. Si no, ¿de verdad te mereces parar?
Te prometes media hora tranquila antes de volver a ponerte con algo que, probablemente, dentro de un año te dará igual. Y aun así, descansas con culpa. Como si incluso ese rato tuviera que estar justificado.
Y mientras descansas, el run-run no para. Esa idea del ser imaginario que siempre va por delante: más productivo que tú, sin sueño, con una ambición que parece no tener límites.
La trampa silenciosa
Y en ese bucle te pasas meses. A veces años. Hasta que un día te das cuenta de que, con toda la presión que te impones, no has llegado a nada de lo que te prometías. Estás saturado y el poco descanso que tienes no se siente como alivio.
Tampoco te sientes mal del todo. Haces cosas, avanzas algo, incluso te sientes mínimamente realizado. Pero no lo haces por gusto. Lo haces porque toca.
Y aun así, sigues sin sentirte en paz contigo. Eso que, en teoría, era el objetivo final de todo ese esfuerzo, acaba devolviéndote lo contrario: la cabeza siempre en marcha.
La pregunta que queda cuando no estás haciendo nada
Y cuando por fin te encuentras con esa sensación de descanso «merecido», te sientas, recuestas la cabeza y sigues sintiendo que no eres suficiente.
Te toca vivir con la idea de que siempre queda algo por hacer.
